29 abr. 2008

Yo, el gimnasio y el cuerpo


Hace como un año, o un poco más, trate de hacer del gimnasio una más de mis rutinas (en realidad, decir “una más de mis rutinas” es un poco una manera estilísticamente bonita y trillada de hablar de la cuestión, porque, viéndolo bien, creo que no tengo otras “rutinas” propiamente, más allá de la que me impone el horario de clases, por ejemplo). La cosa fue mal desde el comienzo: los gimnasios no van conmigo por muchas razones. Primero, ir sólo es horrible porque no sé hacer nada, no se bien para qué sirve cada ejercicio, ni cada máquina, etc., así que necesito de alguien que me guíe y el entrenador de este gimnasio era el peor, y un amigo con un poco más de experiencia que se suponía que iba a ir conmigo, iba a las horas que podía, que eran diferentes a la mías y hacía ejercicios de acuerdo a sus capacidades, que eran mucho mayores que las mías porque tenía más o menos tres años yendo diariamente a entrenarse. Además, yo nunca he sido un tipo físicamente activo, nunca he practicado ningún deporte, nunca hago ejercicios, sólo camino a veces y más que todo como medio de transporte. El ejercicio para mi no es una fuente de placer ni nada parecido, ejercitarse es más bien o un medio para alcanzar una meta (tener un cuerpo mejor, por ejemplo) o simplemente una obligación (las clases de Deporte en el colegio, por ejemplo). Así, el gimnasio era literalmente, un sacrificio. Más aún, una vida de inactividad aunada a una contextura bastante delgada, me hace un tipo débil, mi fuerza física es muy poca y muchas veces las pesas que me ponían a levantar resultaban ser algo exageradamente pesado para mi, siendo que eran las más livianas.

Otra cosa que me molestaba un poco (a lo mejor, por envidioso) pero que, secretamente y casi en la misma medida, me gustaba (por buzo, supongo) era el derroche de cuerpos, el contoneo de los niños, y no tan niños, mostrando sus formaciones corporales, sus brazos fornidos, sus pechos alzados como gallitos, sus trabajadas piernas. Porque en los gimnasios (y esto no es ningún secreto para nadie) están los que van a hacer ejercicio y en el proceso dejan ver su cuerpo, y están los otros que van a exhibir sus cuerpos y en tal proceso, para justificar su asistencia al lugar (y bueno, para seguir teniendo cuerpo que mostrar), se dedican a hacer ejercicio. Peor aún, toda persona que va al gimnasio es una cosa y es la otra en determinado momento, nadie se escapa. Si, pues, Dr. Jekyll y Mr. Hyde viven en cada uno de ellos (y nosotros).

En fin, es esa la dinámica de los gimnasios, una dinámica centrada en el cuerpo (propio y ajeno) y no la actividad singular del individuo sobre su cuerpo. Es lo paradójico de los gimnasios: dejaron de ser hace mucho tiempo lugares donde ejercitar el cuerpo y se convirtieron en lugares donde esculpirlo y exhibirlo. Es lo paradójico del mundo en el que vivimos, que tantas cosas que damos por hecho suelen ser simplemente incoherentes, y cada vez más, nada es lo que parece o solía ser, sino otra cosa totalmente distinta, y mucho más compleja.

Finalmente, esa dinámica era la que llegaba a intimidarme de tal forma que, aunado a todo lo demás, me hacían sentir suficientemente incomodo en el gimnasio como para abandonarlo por completo. Si, mis inseguridades muchas veces pueden más que yo: Quizá si hubiera tenido un cuerpo que mostrar hubiera durado más.

24 abr. 2008

el plan, los planes... y un cuarto lleno de fotos y cosas

El otro día fuimos de visita mi familia y yo, a la casa de un matrimonio joven: mi primo y su esposita, bajita, catira y bonita. Una cuchitura los dos, juntos. La muchacha estudió diseño grafico y ahora esta por terminar arquitectura, y uno de las habitaciones del apartamento donde viven lo habilitó para que fuese algo así como un estudio. El cuarto es grande pero se ve pequeño de tantas cosas que tiene. Las paredes no se ven, están casi tapizadas por planos y diseños que ha hecho a lo largo de su carrera, por bocetos de lo que es su proyecto de tesis, por maquetas de todos los tamaños recostadas de la pared y, sobretodo, por fotos de sus familiares, de amigos, y escritos en papeles donde resalta su amor hacía lo que hace, hacía ella misma, hacía la gente que la rodea y ayuda, etc. Todo esto pues, parece recordarle quien es, lo que quiere, porque lo quiere y cuan cerca está de alcanzarlo. Mi hermana dijo que, según leyó, esas cosas son buenas para alcanzar lo que se quiere, para tener los piecesitos bien puestos sobre tierra y especialmente, tenerlos puestos sobre la tierra que se quiere pisar y no cualquier otra que venga sin la disposición de uno, por decirlo así. La idea es una gran idea. Es fácil desviarse del camino que a veces uno mismo se traza, pero tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Salirse del camino no siempre es perjudicial para la salud mental del ser humano y vivir según un plan previamente trazado no me parece siempre recomendable, porque la vida corre el riesgo de dejar de ser la meta del plan, y el plan puede pasar a sustituir a la vida. Sin embargo, no es malo tener planes, y para mi estaría bien tener uno, lo complicado es cuando hay muchos y el saber con cual quedarse. Los intereses en mi vida han sido, y son, como ráfagas que van y vienen; cuando me parece haber encontrado lo que me llena plenamente, siempre llega algo que lo reemplaza, que me muestra que no, que hay otra parte que se queda vacía (o peor aún, que se vacía precisamente) cuando lleno esa otra. En fin, podría forrar las paredes de mi cuarto con citas de Marx, Weber y Foucault y poner un foto de Bourdieu en mi mesita de noche, enfocarme en lo que debo ser, en el plan que me he trazado, a veces sin querer, lo que me da miedo entonces es olvidarme, y dejar en el camino, lo que quiero ser, que al final probablemente sea lo que realmente importe (aunque sea también -y ese es el problema- lo que no tengo aún totalmente claro).

17 abr. 2008

PEOR QUE TU, mejor que yo... whatever

Hoy estaba diciéndole a mi noviecito lo difícil que es juzgar un libro. Una película, por el contrario, es fácil: es buena o es mala; es pésima, es una porquería, es una mierda, es una maravilla, es la mejor película del mundo. Con los libros pasa, según me parece, que despiertan un respeto mayor porque no es lo mismo hacer una película, ni siquiera grabar un disco, que escribir un libro completito. Las páginas de un libro son algo más personal, es como llevar un hilo continuo hasta el final de muchas letras, sin perderse (o a veces perdiéndose), mantener el control sobre los personajes, sobre la vida y el mundo creado y finalmente, sobre las ideas propias, que son, por sobretodo las cosas eso: propias; por eso es que para mi, un libro es una forma de creación personalísima, intima, sacar en palabras todo lo que se lleva por dentro. Sería como crear una obra plástica más que como hacer una película. En la película son muchas manos, y hoy por hoy muchos intereses de gente idiota que hace cine pensando en el dinero que le van a pagar otros idiotas que no quieren pensar mucho mientras ven una película, que no necesitan en sus vidas nada profundo, que simplemente quieren pagar una entrada para… no se bien para qué, pero lo que si se, porque me consta, es que hay gente que cree que el cine es un evento social donde, de hecho, se va a socializar (reír, hablar, compartir, tirarse cosas unos a otros como niños, etc.), pero eso sería tema para otro post.

En fin, todo esto viene al caso porque ayer termine de leer “peor que tu” de Gabriel Torrelles. Es un libro interesante y fácil de leer, con párrafos breves y plagados de símiles por doquier. Me pareció que la escritura de Torrelles da para mucho más que eso, pero igual tiene sus muchas cosas buenas, y como he dicho, es difícil para mi decir que un libro es bueno o es malo, sólo puedo decir que no me gustó tanto como esperaba. Pero, por otra parte, lo más bonito de él, de lo que me dejo, fue la idea loca de que uno también puede escribir su librito, de que las ideas de uno también alguien puede leerlas y le puede gustar, que uno no tiene que ser un prodigioso como Cortazar o Borges para ello, o que en el mejor de los casos, uno puede convertirse en uno con el esfuerzo y el trabajo. Torreles es un tipo normal, que claro que escribe muy bien, que claro que tiene su experiencia, pero que es un tipo normal pues, y lo veo en la tv hablando de su libro, lo leo en su blog, es un tipo como nosotros los que a veces creemos que no somos capaces de hacer cosas así porque no somos ni Cortazar ni Borges. Yo siempre he querido escribir algo grandecito (y siempre lo he tratado, siempre he llenado paginas y cuadernos enteros de desvaríos locos que intentan ser algo mayor), un libro que la gente lo lea y que alguien al menos me diga que se sintió identificado, que se sintió bien leyéndolo, que una frase le pareció maravillosa a pesar de que el resto del libro le pareció una mierda. Puedo imaginarme pues, lo que debe sentir este señor, y puedo imaginarme también que seguirá creando mundos, vidas y personajes pintorescos pero reales y que cada vez será mejor; y en el recorrido, su recorrido, yo puedo admirarlo desde aquí, como desde un rincón; observar como crece con admiración y respeto y ponerme en lo mío, que si un tipo normal como él se mato para alcanzar lo suyo, uno también puede, con esfuerzo y las ganas de por medio que él probablemente le puso.

13 abr. 2008

(mis) traumas del crecer

Siempre llega ese necesario momento en el que hay que sincerarse con uno mismo y con los demás. Saber y hacerse consciente de ello, que no estas seguro de qué está pasando con tu vida, que no sabes que va a pasar ni que ha pasado, que todo es extraño y que no sabes a donde vamos, donde vamos a terminar. Ahorita que estas a punto de graduarte, cosa que se veía tan lejos, sientes el miedo de perder lo que te daba seguridad, y pareciera que te aferras a la dependencia que tanto has odiado siempre. A depender de tus padres, porque ahora tienes que salir a trabajar, a mantenerte a ti mismo, a sostenerte sobre tus propios piesecitos y a comer lo que te alcance comprar con el mísero sueldo que probablemente comiences ganando en cualquier trabajo que se te aparezca, si es que se te aparece alguno. Dejar de depender de la rutina que te costo años de esfuerzo forjar, una rutina de responsabilidad estudiantil que no es fácil pero tampoco muy difícil, que resulta cómoda cuando tienes un techo que asumes como propio pero que no pagas ni has pagado nunca, cuando no sabes cuanto es la cuenta de la electricidad ni ninguna de esas cosas que te aburren y te abruman. A veces sientes que te estas volviendo loco, pero no es eso, es que todo se está yendo y viniendo, la estabilidad a la que te habías acostumbrado se va, la tranquilidad mental que habías logrado alcanzar se hace débil y la satisfacción de haber creído que te estabas convirtiendo en lo que siempre habías querido amenaza con desaparecer. Son los traumas de crecer y seguir creciendo, sin parar, porque todo se puede detener, todo se puede ir a la mierda, pero el tiempo nunca para, nunca se detiene, hasta el final te tortura con su carrera continua y amenazante. El problema es que yo creí que crecer era otra cosa, que crecer era convertirme en lo que quería ser, yo pensaba que cuando creciera los miedos se desaparecían y que las cosas le importaban menos a uno, que por arte de magia uno se hacía fuerte y casi invulnerable. A veces me equivoque, a veces no, pero la mayoría de las veces, resulta que era todo lo contrario. El problema de crecer es que siempre hay que dejar cosas atrás, es que aunque estés acompañado (muy acompañado o hasta muy bien acompañado) es siempre enfrentarse cada vez más solo al mundo y a todo. Es luchar en solitario, es un juego que nunca se juega en equipo, y que no se pierde ni se gana, que carece de sentido. Por eso a veces azotan las terribles ganas de llorar, porque algunas cosas que creí que había conseguido y que nunca había tenido, se alejan y amenazan con desaparecer. Porque sin razón a veces pienso que el sentido que a mi vida le daba, cada vez se hace más difuso. Que mi vida, esta vida, ha sido como una montaña rusa en los últimos años, que me toco subir hasta arriba y ser feliz como nunca lo había sido, y que ahora llego el momento de bajar, porque no hay salida más allá: se sube pero siempre hay que bajar, y por eso las ganas de llorar, por eso el vértigo: la caída siempre resulta desagradable, a mi que nunca me gustaron las montañas rusas, a mi que siempre me dieron miedo esas cosas. Pero si, igual me montaba, porque había que hacerlo, para demostrarme que podía, y aguantaba en mi asiento, en silencio, muriéndome por dentro, sin gritar porque yo nunca grito, porque esa parte de ser humano no se donde estará metida en mi. Al final, la sensación desagradable desaparece(rá), todo se vuelve a estabilizar al tocar el suelo, se queda(rá) quieto y queda(rá) la satisfacción de haber enfrentado el miedo, de haberle visto la cara de frente a la patética masa de metal reñinante con sus carriles y sus carritos, y su seguridad hipócrita para que no te salgas cuando la cosa te deja de cabeza. Haberle escupido la cara a la vida, a tu vida, que no es tuya, que es el mundo y que es todo lo que esta en él, todo lo que te intimida, todo lo que te hace retroceder, pero (seamos justos) también todo lo que es y se parece a la felicidad.

Sólo queda aprender a gritar en el descenso, a derrotar el miedo, a saber enfrentarlo con las armas que tengo y si es necesario, buscarme unas nuevas…

3 abr. 2008

El derecho, la trampa, la jaula

Hace unos días escribí esto: quizá mitad apología a mi condición de gay (y a la de todos, si se quiere) y mitad incitación a asumir una posición política, luchar por nuestra vindicación. Luego he leído este artículo de Pelayo y Moro sobre Michel Foucault y el problema de género. A propósito de lo que escribí y de lo que pienso, cito lo siguiente de este artículo:

De aquí que para Foucault la declaración de la propia homosexualidad tenga un carácter ambiguo, ya que “es una afirmación necesaria puesto que es la afirmación de un derecho, pero al mismo tiempo es la jaula, la trampa”. Es una trampa en cuanto implica caer bajo el control social ejercido sobre el individuo, caer en la imagen del homosexual patologizado como desviado, enfermo o perverso. Por eso, lejos de constituir el final del problema, la declaración de la homosexualidad sólo puede ser tomada como un punto de partida desde el que reconstruir un modo de vida original frente a modelos acuñados. […] De ahí que el problema no se acabe con declararse homosexual, sino que tal afirmación es útil en cuanto funciona como un punto de partida para ejercer una resistencia constructiva mediante la creación de nuevos modelos de vida. […] De esta manera, Foucault dará una consistencia especifica a lo que denomina ser gay, que interpreta como un paso más allá de la homosexualidad. Ser gay no es simplemente identificarse como homosexual, con el riesgo de encajonarse en una identidad que funciona como una construcción histórico-cultural demasiado estrecha, sino que significa desarrollar un nuevo modo de vida, para lo que resulta necesario liberarse de los cauces de los estereotipos.

Como dije, la subversividad está ahí. Un arma oculta facilmente neutralizada a través de la estigmatización, de los mecanismos de acomodamiento al orden social que en realidad le resultas desagrable. Depende de cada quien usar o no las armas que tenga. No se trata pues de orgullo gay, es cuestión de construirse como ser humano y estar orgulloso de ser lo que se es: gay (es mi caso). Y usar eso, y todo lo que se tenga a la mano, para torcer el mundo tanto como sea necesario y lograr que lo que soy no me haga menos que nadie, ni enfermo ni pecado andante; demostrar (o más bien, lograr que los brutos, hetero y homosexuales, lo entiendan) que soy (y somos) iguales todos y que ser mejor o peor no depende de con quien te acuestas, a quien deseas, con quien o como consigues placer o si te sientes hombre aunque naciste con senos y vagina, depende de lo que eres mucho más allá de eso.

1 abr. 2008

Coti


Ayer se terminó de morir mi pececito, Coti. Coti fue un regalo de cumpleaños de una amiga que, casualmente, cumple años estos días. Era un beta rojo y bonito, metido en una pecerita de plástico, junto con otro pececito anaranjado (pero de plástico) y unas alguitas verdes antinaturales (también de plástico). Digo que se “terminó” de morir porque la cosa duró varios días en suceder. Hace como tres, me di cuenta que Coti no se movía y no salía de entre las alguitas ni siquiera para comer. Así que moví las algas, pero igual no salió. Finalmente logré que saliera, pero no se movía igual. Supe entonces que comenzaba el proceso con el cual terminaría su pequeñita vida. No comía, no se movía, parecía muertito pero sin flotar, aún sin la pose mortal: boca arriba. Perdió el color como no lo perdió en los meses anteriores que vivió junto a mí, en la cima de todas las gavetas que contienen mis cds, algunos papeles y libros, y mi ropa. Es triste ver agonizar a la gente, a los peces, a las cosas. Anteayer antes de acostarme vi que estaba como loquito, ya no inmóvil, ahora se agitaba y giraba como loco y me parece que a veces chocaba contra las paredes de la pecera. Y ayer, finalmente, lo encontré muertito.

Entre las opciones de mi hermana (enterrarlo o tirarlo a las cañerías) preferí enterrarlo en un mata que está en el jardín de la casa. En realidad, los peces nunca me han parecido una mascota de verdad, me parece que son más bien como un adorno, y no me parece bien tener seres vivos sólo para adornar (las matas, a lo mejor). Pero ahora es un poquito triste ver la pecerita vacía. Aunque no parecía hacer ningún bulto en la vida, al final, creo que se da a extrañar y todo. Los peces son una cosa extraña. La muerte también. Y la vida, por supuesto, también.