29 ago. 2008

blogs, bloggers; y la era del vacío


«…cuanto mayores son los medios de expresión, menos cosas se tienen por decir, cuanto más se solicita la subjetividad, más anónimo y vació es el efecto. Paradoja reforzada aún más por el hecho de que nadie en el fondo está interesado por esa profusión de expresión, con una excepción importante: el emisor o el propio creador. Eso es precisamente el narcisismo, la expresión gratuita, la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, la indiferencia por los contenidos, la reabsorción lúdica del sentido, la comunicación sin objetivo ni público, el emisor convertido en el principal receptor.»


G. Lipovetsky
en La era del vacío

{*No pude evitar que la palabra blog
viniera a mi cabecita.}

23 ago. 2008

enemigos de palabra (o lo que realmente decimos cuando decimos lo que decimos)

Cierta señora, reciamente opositora del gobierno de Chávez y fan incondicional de Globovisión, suele pronunciar palabras del tipo «marico de mierda», «parguete», etc. cada vez que su presidente (o, también, alguno de sus ministros) aparece en televisión, intercalando la retahíla de adjetivos con otros, más suaves a su parecer, del tipo «maldito», «pendejo», etc. Para ella todos esos «atributos» caben en el mismo saco: todos son insultos que sirven, evidentemente, para insultar al ser que odia por ser culpable, según ella, de todo lo malo que pasa, ha pasado y pase en nuestro país.

I. La connotación homofóbica es clara: las palabras que se utilizan para ofender son las mismas palabras con la que se denota (si bien de forma peyorativa) una condición sexual y social especifica: la homosexualidad de un hombre. Se transfiere esta característica que se considera (a veces inconscientemente y de forma condicionada por el contexto) deplorable, fea, despreciable e indeseable al varón que se quiere humillar y degradar. En última instancia, esta señora probablemente tenga un poquito de consciencia al menos de lo que está diciendo y de lo que hay detrás de lo que está diciendo, ya que la homofobia no es algo que en nuestra sociedad sea motivo de vergüenza o autoengaños.


II. Sin embargo, hay algo más importante que seguro no sabe esta señora, algo mucho más profundo. Y es que, al decirle a un hombre, para insultarlo, «marico», no sólo está diciendo que ser homosexual es malo y que por eso es un insulto ser homosexual. La degradación de la condición homosexual masculina se constituye sobre la base patriarcal de la dicotomía entre los géneros: femenino y masculino, en donde la masculinidad ocupa una posición de superioridad ante lo femenino. En tal sentido, esta degradación del ser homosexual se funda pues, en la «asimilación» (como dice Connel) del varón desviado con la feminidad (ojo: tal asociación de la homosexualidad con lo femenino no implica que todo homosexual sea afeminado, al contrario, está asociación es una representación social arbitraria de la homosexualidad como feminización del hombre). Resumiendo, la homosexualidad es un insulto porque ser homosexual es algo despreciable. Ser homosexual es algo despreciable en tanto se acerca al ser mujer. Conclusión, ser mujer es despreciable, por eso los hombres, como seres superiores, deben construir su identidad en oposición férrea con la identidad de ellas.

III. Finalmente, esta señora se convierte en victima en dos sentidos: primero, es víctima de un orden que la subordina y menosprecia; y segundo, es víctima de su desconocimiento e ignorancia, lo mismo que la hace, además, participe activa de su propia sumisión ante el marido, el papá e, incluso, el hijo.

PD.: Así como hay gente (delgada y esbelta) que confiesa que el ver pasar junto a ellos a alguien gordo le da una ligera (¿o suprema?) sensación de superioridad, yo debo confesar (no puedo evitarlo) que saber eso que la señora ignora me da ciertos aires de grandeza. {imagenes de misspaq}


15 ago. 2008

la efímera distinción que modela


Ellos en realidad eran un grupito de niños ricos que no se resignaban a aceptar su condición de privilegiados. Y como la mayoría eran gays, no les costaba demasiado desencajar en una sociedad que es ultraconservadora más por hipocresía que por convicción. La rebelión no es una decisión, cuando besarte con la persona que crees amar es un acto de heroísmo revolucionario. El rebelarse, en el caso de ellos, era algo inherente al ser. Claro que siempre (más allá de las fronteras del grupito) estaban los que decidían simplemente no ser, que es, al final, callar, basarse (y pasarse) la vida en un ininterrumpible asentir desganado y mimético, triste. Ellos no callaban, no importaba si tenían o no algo que decir. La playa, el sol, los cuerpos delgados sobre la arena y la marihuana, el alcohol: todos eran motivos para hablar y sonreír, para escupirle el rostro a los que no estuvieran de acuerdo. Se podía ser feliz estando al margen, más feliz que estando adentro, el único problema de marginarse conscientemente, siendo el hijo predilecto de unos burgueses millonarios, es que siempre hay que caer en cuenta que se está por encima de mucha gente, de que se tiene el poder para pasar, cual ser alado, flotando por las cabezas de los que no tienen lo que tienes tu por el simple hecho de no haber nacido en la familia en que naciste tú. Por eso no les quedaba más remedio que asumir con indiferente resignación (y con una sobrada, pero implícita, felicidad superflua) que su playa no era la misma playa que la del vulgo corriente, que su sol no era el mismo sol que le achicharraba los pelos al niño que vendía empanadas junto a ellos, que incluso su marihuana no era el mismo monte que fumaban en los barrios de Caracas. Por eso a Rodolfo no le quedó más remedio tampoco que asumir con buena voluntad que su vuelo hacia Europa salía en dos días, quisiera o no; que los castigos que le imponían sus padres no eran castigos ni para el más imbécil de los hijos reales de algún noble inglés; que sus malos ratos siempre se ahogaban en cerveza importada o en la espuma de alguna champaña, exquisita por lo inaccesible (y no al revés, como podría suponerse). Sus padres le habían comprado un boleto de avión sin retorno, si, luego de haberle descubierto inhalando un extraño polvito blanco. Entonces lograron entender muchas cosas. Por eso los ojos casi permanentemente rojos y vidriosos; por eso (Rodol)Fito dormía más de la cuenta siempre que fuese de día. Rodolfo sólo cumplió, pese a la apatía que le dejaba el trasnocho, con entregar su orine en esos recipientes cilíndricos de plástico y tapita de color. La misma apatía de cuando arremetieron contra él, papelito de los resultados en mano, sus siempre impecables padres; Rodolfo pensó en justificarse, decirles que necesitaba drogarse para pensar mejor, que sólo así fluían sus ideas adecuadamente, que la inteligencia se le agudizaba y las palabras le brotaban de las yemas de los dedos y se pasaban directamente al teclado, que era una herramienta para fines superiores incomprensibles para cualquier mortal (limpio), que la belleza a la que le daba acceso no era normal. Pero no dijo nada, aceptó resignado algunos gritos de la madre, la decepción del padre, algunas lágrimas de ambos. Todo en silencio. Aceptó un boleto de avión sin regreso y alejarse de todo, y volver solo cuando pudiera mantenerse limpio y fuese un muchachito de bien; prometió cambiar como había prometido alguna vez dejar de ser gay a cambio de un carro que a las semanas chocó contra alguna pared grafitada. Aceptó resignado la desgracia de saberse vacío, la insuficiencia de los carros, de los apartamentos regados por el mundo, de la plata y de la casa inmensa heredada, de las mismas drogas y del colchón de cualquier hotel, usado por él hasta el hastío con cuerpos diferentes en momento diferentes y al mismo tiempo. Aceptó dejarse llevar por los aires hacía un destino siempre conocido, ser recibido por los brazos de algún familiar lejano, irse huyendo de la casa de aquel y terminar muerto, sin un zapato, tirado sobre el alquitrán de alguna ciudad europea. Porque hasta en la muerte la distinción era inmensa, y el suelo del malandro baleado no es el mismo suelo del niño intoxicado que fue enviado por sus padres a Europa con la falsa pretensión (que oculta siempre la flojera de hacerse cargo de sus propios problemas aquí y ahora) de alejarlo de todo lo malo que lo estaba corrompiendo, siendo (y sabiendo) que todo eso malo lo llevaba el mismo muchacho por dentro. Lástima para él, y especialmente para sus padres (aunque, a dios gracias, se pudieron ahorrar el bochorno e inventar excusas creíbles amen de la distancia) que al final, aunque en su causa y desarrollo sea distinta, la muerte en su efecto siempre es igual, sea aquí o sea allá. {foto de artilaria}

12 ago. 2008

lo viejo, lo nuevo y lo que aún no existe

Hace unos días tomé la decisión de eliminar definitivamente los archivos de mis antiguos blogs, pero después de leer algunos post, decidí no hacerlo. La cuestión es que cuando uno tiene la posibilidad de ver hacía atrás se da cuenta de lo paradójica que es la vida, de cómo cambian las cosas (de cómo otras cosas permanecen igual) y, en este caso particular, de cómo comparativamente logra uno refinar las ideas a transmitir y los medios para hacerlo. Veamos, por ejemplo:

I

24/11/03… “Ya lo he decido, es definitivo (¿?) voy a seguir en la carrera de Sociología. [..]”

Entrar en sociología fue algo así como un evento fortuito en mi vida. Estudiaba informática (por razones que no vienen al caso, pero baste decir que no tenían nada que ver con eso que llaman vocación; ni siquiera, una mínima inclinación) y, en vista de que ya tenía un cero en mi record académico, otras materias por debajo de cinco en una escala de diez y una frustrante sensación de estar en algo que no tenía nada que ver conmigo ni con lo que yo quería para mí, decidí cambiarme a castellano y literatura. Por cosas de la vida, los cambios para esa carrera estaban suspendidos, así que me termine cambiando para sociología, y al final, la termine amando. Ese post lo escribí hace casi cinco años, lo que quiere decir que debería estar graduándome este año. Pero problemas a consecuencia del cambio de carrera y otras cosas ajenas a mi voluntad (problema en la universidad, por ejemplo) hacen que todo sea un poco mas tardado. Aún así espero graduarme, como máximo, el año que viene.

II

15/01/04… “Yo quiero ser como Horacio Oliveira cuando sea grande, y tener un amigo como Manolo Traveler, vivir en París y saber de Descartes lo mismo que de kibbutz, del materialismo histórico y de Heráclito. [..]”

Acababa de leer Rayuela (de Cortázar) o estaba leyéndolo aún. Ame a Oliveira. Aún lo amo un poquito. Esto aún sigue en píe.

III

21/01/04… “Yo creo que el mayor problema de todos mis problemas y defectos es la inseguridad, y no puedo hacer nada (en realidad si puedo, pero es difícil cambiar, y esos libritos de autoayuda en realidad no hacen los milagros que prometen). [..] es que lo que más me aterra es que la gente se entere, de hecho, no soy amanerado ni me gusta serlo, pero cuando alguien, por X razón, insinúa que yo soy gay, eso me afecta demasiado. [..]”

Sigo siendo inseguro, un poco menos que antes, pero ese sigue siendo un problema por resolver en mí, pero finalmente asumí feliz que soy molecularmente gay, las puestas en duda de mi recta masculinidad ya no me afectan como antes y si parezco o no amanerado ni siquiera es algo que suelo plantearme. Soy hasta un gay orgulloso de lo que soy (pero gay no es lo único que soy), y a pesar de que aún ni siquiera toqué el tema con mis padrecitos, estoy seguro de que ellos en lo más profundo de sus almas lo saben y lo aceptan, y, en realidad, el resto del mundo no me importa demasiado.

IV

19/03/07… “Yo no soy muy dado a hablar por teléfono, ni a hablar demasiado por MSN. Por eso, no me veo a mi mismo en una relación a distancia, y las relaciones "en línea" simplemente me parecen estúpidas.”

Cosas que uno sabe desde chiquito que no lleva a la práctica cuando grande.

V

Síntesis-conclusión-y-moraleja: Cuando sea (más) grande seré como Oliviera: un tipo nómada, apátrida e indiferente que vive en Francia; pero gay orgulloso y seguro de sí mismo, sociólogo certificado, activista por los derechos de las minorías sexuales (o las multitudes queer), que no tiene relaciones a distancia porque sabe (por especulación y por experiencia) que siempre son causas perdidas.

7 ago. 2008

cuando está de moda la moda, se tiende a la confusión

I wanna be Delgada
To fit into my Prada
Oscar de la Renta
Louis Vuitton
Imitation of Christ, beauty has a price

(Fashionista, Jimmy James)

Cada vez son más los blogs venezolanos que dedican post enteros a la moda (no precisamente venezolana, excepto para criticarla destructivamente), y cada vez la moda esta más de moda no sólo entre bloggers si no en las calles, en los centros comerciales, en los perfiles criollos de facebook, los de myspace, etc. A mí, particularmente, la moda me interesa en tanto forma creativa de expresión, no como régimen normativo de lo que debe llevarse o no, venga de Francia, de Italia o de cualquier otra “cúspide” primermundista; y de hecho, ese me parece que es el gran error de los que se han venido llamando fashionistas: caer en la misma reducción simplista en la que han caído tantas “tribus urbanas” que cada vez más crean un estereotipo reglamentario que raya en la ridiculez (ya el mero hecho de nombrarlos y autonombrase ellos mismo es, para mí, bastante significativo; el ponerse un nombre es como ponerse una etiqueta y quienes comparten una misma etiqueta siempre son como figuritas repetidas). Los fashionistas venezolanos, que encuentran a uno de sus más insignes vocero en el señor Original It Boy, y las que entiendo son sus fabulosas discípulas, odian a la sociedad venezolana por su lejanía, según sus opiniones, de las altas pasarelas europeas, la couture francesa y el supuesto derroche de divinidad y estilo que se contonea en cualquier calle de cualquiera de las capitales mundiales de la moda. Odian la ropa de Pull and Bear y Zara, por ejemplo, o de marcas nacionales como Ro.Pa, porque, al parecer, la accesibilidad a estas casas permite que el vulgo pueda vestirse de ellas, y, como sabemos, que guacala la plebeyez de las masas, la simplicidad de lo siempre igual, lo que lejísimo de la exclusividad exigida para que la moda sea realmente moda, puede tener cualquiera.


El primer capital pecado de esta gente es que no se percatan de que la critica la están haciendo desde adentro, con todos los riesgos que eso implica, como ya dije hace unos días en un comentario. Así pues, si en un post se critica la chabacanes de la mujer de a píe venezolana, el simulacro de alta sociedad en fiestas paródicas de la high society del divino mundo exterior (siempre lo bueno viene de afuera, para muchos, y especialmente para esta gente, lo divino habla otros idiomas), la ridiculez o los intentos de ser moda de la moda venezolana, los accesorios extravangantes como signo definitorio; en algunos post siguientes se celebra con fotos, pompos y platillos la más reciente celebración entre amigos, los cuales se visten de esa misma moda que no es moda (sino que es moda venezolana), los cuales incluso en muchos casos diseñan lo que la alta sociedad venezolana (que no es alta sociedad, sino simulacro de tal cosa) utiliza. El segundo pecado es asumir modelos externos como puntos de comparación, al mismo tiempo que contradictoriamente se critica el seguimiento ciego de patrones de moda extranjera por parte de las señoras de la sociedad y sus nietecitas. Así como toda cabeza es un mundo, toda sociedad, todo sistema también lo es, hay que respetar y entender sus particularidades, hay que profundizar en lo que lo hace único y diferente para después pasar a criticarlo (y destruirlo, si es el caso). Por último, el tercer gran pecado de esta gente que nos inunda en internet es la consigna implícita de estar por encima de las masas, de sobresalir como sobresalen los diseños exclusivos de las grandes casas de alta costura, pues la exclusividad nunca es tal y el estilo termina por ser un modelo abstracto que, por lejano a la realidad, nadie alcanza, pero por tan anhelado, todos copian, reproduciéndose así una imagen, como dije, sumamente estereotipada. Claros estamos en que hay algo que no tienen muchos, se pongan lo que se pongan, pero también debemos estar clarísimos en que cuando ser fashion es la norma, el fashionista pierde todo encanto.


Tres aclaraciones finales: primero, no soy experto en moda ni pretendo serlo. Segundo, toda opinión razonada siempre tiene algo de verdad (efectivamente por eso sigo leyendo a algunas de las personas a las que aquí aludo), y el hecho de que se critiquen con toda la rudeza posible la sociedad venezolana o cualquier otra, su forma de vestir o cualquier otro aspecto inherente a ella, no los hace necesariamente en mi opinión (contraria a la de muchos que suelen dejarles comentarios en sus blogs) unos resentidos ni nada por el estilo, todos tenemos derecho a ser pesimistas y a destruir con la palabra lo que nos parece que no tiene otra salida (aunque mucho mejor haríamos tratando de acomodar alguna que otra cosa). Tercero, y en ese mismo sentido, mi opinión hacia estas personas (como colectivo, como “tribu”, si es que lo son) y lo que pueden representar no tiene nada que ver con algún rencor hacia ellas o resentimiento de ningún tipo, sólo que si toda opinión razonada tiene parte de verdad, asimismo, es susceptible de discusión. La internet, a fin de cuentas, es la mejor expresión (probablemente la mayor, hasta ahora) de una democracia realmente participante, así que todo el mundo tiene el derecho de decir lo que le dé la gana y los demás tienen el deber de respetarlo así como el derecho de refutarlo.

4 ago. 2008

de versiones y de renovaciones

[Apropósito de un nuevo diseño xD:]

Es agradable pensar en uno mismo como uno de esos productos que periódicamente, después de ser evaluados, corregidos, renovados y “mejorados” por especialistas, es presentado como algo totalmente nuevo, con pompos y platillos, siendo que solo se trata de una nueva versión de la misma cosa. En esos términos, y por muy ingenuo e irreal que sea, es válido suponer que siempre vamos caminando hacia delante, que los tropiezos son parte del camino y son errores posibles de ser corregidos a través de la colaboración de señores expertos en la materia. Así, jugando a ser un software, por ejemplo, podemos periodizar nuestra vida pasada y presente en versiones del producto que somos:

En tal caso, una primera versión de mí (o de mi vida) estaría ubicada en la “etapa” anterior a mis 20 años. Excluyendo mi infancia, a la que, por lo menos conscientemente, no suelo darle demasiada importancia (y aparentemente, mi memoria tampoco), mi pre-adolescencia y adolescencia fue bastante gris. Por momentos, incluso, experimenté algo así como lo que describe Sabato en El Túnel: la sensación de estar encerrado precisamente en un túnel con una pequeña ventanita a través de la cual uno puede ver como los demás viven la vida, siempre desde afuera. Pero por muy deprimente (y hasta bizarro) que pueda parecer supongo que al final no fue tan horrible como la descripción lo pone o, mejor dicho, no siempre fue así, de hecho, cuando la cuestión se comenzó a tornar verdaderamente desagradable e incontenible, los expertos vieron la (imperiosa) necesidad de examinar el producto, ver que era lo que estaba mal y cambiarlo. Así que el veredicto de los eruditos técnicos fue que la raíz principal de los malestares se debían a una homosexualidad no aceptada, etc., etc., y el mismo cuento tantas veces repetido. Pues el paso a la versión 1 del software pablitö (la anterior habría sido la versión 0) fue la definitiva asunción de lo que pablitö era.

La renovada versión dio inmediatos resultados satisfactorios, el problema siempre es que la satisfacción suele convertirse en costumbre y cuando uno se acostumbra a lo bueno (por muy bueno que sea) deja de ser algo extraordinario. Sin embargo, la ventaja implícita del paso de una primera versión a la siguiente, es que se toma consciente de que el software es susceptible de reformas y renovaciones que, finalmente, redundan en beneficios tanto para los productores como para los consumidores. Por eso, el paso de una segunda versión a la tercera siempre es más fácil: así, la tercera versión llego a suplantar a la anterior en un momento indeterminado cercano a mi 21 cumpleaños. Si la versión 0 estuvo marcada por la no aceptación (y todo lo que eso producía adentro y afuera), y la versión 1 fue la aceptación progresivamente más plena de lo que el software pablitö era, a la versión 2 se le agrega algo así como un proceso de búsqueda dentro y fuera del propio software para saber de qué se trataba en realidad pablitö.

Me gusta pensar que aún estoy en la versión 2 pero que ya le comienza a dar paso a la siguiente versión, que los señores expertos se encuentran trabajando en los errores encontrados en el devenir de las versiones anteriores. Así, puede que sea un momento de transición en el que se debate lo bueno y lo malo del producto para ser lanzado al mercado de nuevo. Con pompos y platillos, de nuevo. Momento de transición porque las cosas han cambiado y están cambiando: en este momento estoy trabajando con mi tesis, estoy viendo mis últimas dos materias, estoy pasando por un momento nuevo (a veces difícil) a nivel personal, sin contar todas las implicaciones que tiene todo lo anterior, así que la transición, si lo es (y espero que lo sea), está entre lo que soy y he venido siendo, lo que estoy acostumbrado a ser y la forma en que estoy acostumbrado a vivir y a desenvolverme, y lo nuevo, lo que no conozco, lo que da miedo, los planes que he hecho pero que no se si se den, en resumen: lo que quiero, lo que puedo, lo que debo y lo que tengo que ser. Al final, ya siendo realista, hay que asumir que siempre siempre es cuestión de transiciones, porque la gente no sale al mercado en versiones, siempre estamos entre una y otra, y si es cierto que siempre estamos cambiando, no es igual de cierto que siempre estemos evolucionando, ni corrigiendo nuestros errores ni renovándonos para mejor.

2 ago. 2008

expectativas, caídas y aprendizajes (y un poquito de masoquismo)

El problema de esperar algo del "exterior" es que se corre el riesgo de no recibir nada, o de recibir lo contrario: se pone en juego la decepción. Y, ya sabemos, a mayor altura alcanzada más rápida, fuerte y dolorosa será la precipitación. Por eso cuando esperamos, y mientras más esperamos, al mismo tiempo nos exponemos a salir heridos, pero aún así seguimos, no renunciamos a nuestras expectativas o las renovamos, porque sin riesgo no hay emoción y sin dolor no hay satisfacción. (Hay que caerse para experimentar la emoción de levantarse y la satisfacción de caminar erguido.) Esperar se hace necesario, aunque nos duela, aunque implique una total exposición. La solución, que sería no esperar nada de nada ni de nadie o sólo esperar cosas de uno mismo y solamente de uno mismo (lo cual creo que no sería estrictamente “esperar”), es una ilusión. El individualismo es imposible en ese sentido, el aislamiento total es una quimera: no podemos aferrarnos a lo que está adentro de nosotros y nada más, no porque sea malo sino porque no es posible. Así, la decepción es parte de la vida como lo es un dolor de estomago, las cicatrices en la rodilla que dejan los juegos de niños, la cola en el banco, la pornografía o su concomitante masturbación. Al final, no importa cuánto queramos, siempre vamos a esperar algo de alguien, y algunas veces saldremos decepcionados; y más aún, muchas veces vamos a esperar cosas que sabemos que no vamos a recibir solo por el hecho de arriesgarnos a ver qué pasa, etc. Porque así somos. Porque si la vida, como dicen, es una constante búsqueda de la felicidad eso implica que es también, por definición, una huida de la felicidad, porque en el momento en que fuese alcanzada, plenamente y sin más para donde agarrar, entonces la vida dejaría de ser (lo que es), ya no sería vida, y, ya sabemos, lo que no es vida no debe ser bueno (es significativo que por mucho que las iglesias, los templos y sus mandarinos nos tratan de convencer de las bondades post-mortem, nunca nos hablan realmente de muerte, nos hablan, con ciertas variaciones en la jerga, de vida después de la vida). Por eso nos arriesgamos a esperar algo más allá de lo que se nos ha dado, por eso seguimos creyendo en cosas, por eso no soportamos la calma de los largos silencios aunque hayan dejado de ser incómodos y tenemos que romperlos, por eso sentimos la necesidad inconsciente de interrumpir las cosas cuando son demasiado perfectas, por eso nos abrimos cicatrices en el cráneo aprendiendo a manejar bicicletas que nunca manejaremos. Porque, además de que somos un poco masoquistas, es necesario para aprender, para crecer, para no aburrirnos, para no aturdirnos con tanta inercia y con tanta monotonía.