20 oct 2008

«eso está fuera de tu entendimiento, darling»

El presentador, Geraldo Rivera, preguntaba a Holly Woodlawn: «Please, answer me, What are you? Are you a woman trapped in a man’s body? Are you a heterosexual? Are you a homosexual? A transvestite? A transsexual? What is the answer to the question?», a lo cual Woodlawn respondió: «But, darling, what difference does it make as long as you look fabulous».

Programa transmitido por ABC en 1976. Citado por Ricardo Llamas.

13 oct 2008

25 sept 2008

el gimnasio, o el quebranto implícito de la norma heterosexual

Los gimnasios son una mínima reproducción de la cultura occidental, donde la pretensión de afirmar la masculinidad implica la asunción de actitudes y de formas de ser muy, pero muy, homosexuales, que al mismo tiempo son hipócritamente sancionadas por el mismo sistema. Puede ser algo totalmente subjetivo, pero es que no puede evitar que me parezca muy gay (casi eróticamente gay) ver dos niños ayudándose a completar los ejercicios. Está esta máquina, por ejemplo, en la que uno se sienta con la espalda derecha, y tiene que unir frente al rostro dos cosas sostenidas con los antebrazos. Es casi inevitable darle una connotación homosexual a ese ejercicio cuando un niño ayuda al otro a terminar de chocar las dos cosas frente a su rostro. Evidentemente, ni las descripciones ni los tecnicismo gimnásticos (¿?) son mi fuerte, pero en resumen la cosa es que el rostro del niño sentado (quien hace el ejercicio) queda justo frente al del otro niño que lo ayuda a ponerse fuerte. A centímetros pues de darse un besito en la boca. O por lo menos a mi me da esa impresión. (Por cierto que la jerga es algo complicada cuando eres gay, porque la idea de estar en un gimnasio es ponerse cada día más «fuerte», en el sentido de que tus bracitos deben definirse y ponerse duros y todas esas cosas que se refieren a la firmeza del cuerpo y que asociamos con belleza en el hombre; pero ponerse «fuerte» no es lo mismo para un gay que para un heterosexual. Irónicamente, los homosexuales que van al gimnasio, muchas veces, son los que tratan con más ahincó de huir de este tipo de «fuerza» que es sinónimo de plumas en eso que llaman [ecológicamente] «ambiente».)

Los gimnasios son pues una cosa extrañísima que tiende a confundirlo todo y, por lo tanto, que tiende a confundirlo a uno. En estos lugares, además, es más difícil que en otras partes saber si alguien es gay o no. Más aún cuando hay hombres heterosexuales que no les importa montarse en esas máquinas en las que lo único, o por lo menos lo más y más notorio, que se mueve es la pelvis, de adelante hacia atrás, de atrás hacia adelante. De más estaría decir que la connotación sexual es evidente; además no estamos acostumbrados a que el hombre, a diferencia de la mujer, haga en público movimientos de ese tipo. En cambio, y contrario a lo que se esperaría, muchos gais huyen despavoridos de esos ejercicios tan alusivamente sexuales. Hay otros ejercicios, sin embargo, que podrían dar pistas más confiables acerca de la orientación sexual de alguien. Por ejemplo, el aerobic es algo aún reservado para las mujeres (por lo menos, en mi pueblo), los hombres que lo hacen o están tratando, consciente o inconscientemente, de desafiar la norma o están asumiendo sin tapujos su orientación sexual y su afinidad con el lado femenino que se supone que tenemos todos. Pero ya que la mayoría de los gais no hacen aerobics, sea por miedo a la exposición o por cierta misoginia inculcada, ésta tampoco es una pista totalmente certera.

En la actualidad ni siquiera podrías distinguir al gay del no gay por su olor en el gimnasio: seguramente en épocas pasadas el ejercicio tenía fines distintos y el mal olor era un signo de la virilidad del macho, pero hoy en día los ejercicios del gym son fundamentalmente un proceso de creación de un cuerpo, el cuerpo que se quiere por considerarse bello, lo que implica en cierta medida la construcción de una identidad distinta de quien intenta crear un nuevo cuerpo a partir del que tiene. Por lo tanto, todo el que vaya a un gimnasio va para verse «mejor» y ningún hombre que en ese sentido, se preocupe por su físico y apariencia (cosa que antes era exclusivo de mujeres y homosexuales) va a permitir conscientemente que su cuerpo huela mal.

Así pues, el gimnasio implica de por si la asunción de rasgos tradicionalmente femeninos y/u homosexuales: Primero, el cuidado estético antes era algo reservado para las damas, que se debían poner bellas para los caballeros. Ir al gimnasio es ir a ponerse bello para atraer el sexo de su preferencia, es decir, los hombres heterosexuales admiten la necesidad de esforzarse, más allá de su naturaleza y de su cuerpo innato, para conseguir la aprobación de las mujeres. Ya el hombre no es más hermoso mientras es más feo, ahora debe procurar ciertos cuidados a su cuerpo para que luzca aceptable ante las mujeres, así como lo han hecho siempre ellas. Segundo, ponerse bello implica una percepción específica de lo que es bello y lo que no lo es. Algunos que defiendan su heterosexualidad a capa y espada podrán argumentar que el hombre adecua su cuerpo a lo que las mujeres quieren encontrar en él, para así atraer más mujeres y desplegar fácilmente su naturaleza promiscua. Sin embargo, la asunción de parámetros de belleza para el propio cuerpo conlleva la observación de lo que es bello en los otros cuerpos masculinos. El cuerpo deseado, el que se intenta construir en el gimnasio, es un cuerpo visto y apreciado, es, pues, un cuerpo deseado no sólo en el sentido de que se quiere tener uno igual o se quiere llegar a ser como él, es deseado también en tanto se ha constatando, por la propia experiencia, que ese cuerpo despierta algo especial en los otros cuerpos que los circundan.

De ahí que podamos decir que los gimnasios efectivamente sean un recinto no sólo para ejercitarse sino también para apreciar los cuerpos ajenos. De ahí también, que podamos justificar la casi inmediata asunción del gimnasio como templo inherentemente homosexual.

22 sept 2008

(no-)crónicas de una boda (anaranjada)

Las bodas suelen ser iguales todas. Sin importar la fe en las leyes del hombre y/o de dios, lo que se espera de toda pareja de jovencitos bien es que se casen, primero por «civil» (generalmente en la casa de los padres de la novia o el novio, una reunión pequeña, más que todo familiar, tipo coctel, etc.), y luego, por la Iglesia. Todas las novias siempre caminan hacia el altar con sus vestidos blancos de la mano de su padre. El novio de la mano de su madre. El énfasis del cura: la prevalente dulzura de la mujer, y la responsabilidad del hombre, como dios manda, como María y toda esa gente lo quieren. Padre nuestro que estás en los cielos… y los declaro marido y mujer. Anillos, jaras. Accesorios humanos prescindibles: niños tirando pétalos de rosas, un cortejo, una dama de honor. Y después, la fiesta. La fiesta que no sería la mejor parte del proceso si no hubiera alcohol y comida de por medio. Sin eso, sería más bien, mucha gente vestida de forma parecida (especialmente en el caso de los hombres) tratando de no aburrirse. Pocas personas soportarían toda la velada sin nublarse el cerebro con la bebida y sin ingerir constantemente algo de comer. Es esa la retribución para los invitados por el regalo dejado a los novios en el buzoncito de la entrada; porque, en el fondo, en este mundo, todo puede ser reducido a una mera transacción económica.


Si eres parte del cortejo, que fue mi caso, tu vestimenta va a resultar aún más repetida (traje oscuro, camisa blanca, corbata anaranjada y una florecita en la solapa), te tomarán muchas fotos, con demasiados flashes que te dejarán viendo manchas blancas en todo, por un buen rato. Fotos que, por cierto, es probable que ni siquiera llegues a ver. Si la recepción es más que todo una fiesta familiar, con algunos amigos de los recién casados, y no eres ni familia ni formas parte del circulo social de los conyugues, entonces apreciarás más aún el valor del licor y la comida (especialmente si no te dio tiempo de cenar en tu hogar porque tenías que estar temprano en la Iglesia).

En fin, muchas cosas en la vida son rituales repetidos con variaciones (expresamente) mínimas, ya que si se altera demasiado el patrón puede verse alterada la tradición y eso podría terminar en tragedia. Así que uno espera paciente que termine la fiesta y la pasa lo mejor que puede. En algún punto se deja contagiar por la alegría de la gente, alcohol mediante, y especialmente la de los novios. Es entonces cuando, después de mucha música tropical (irónicamente muchas letras de desamor e infidelidad), comienzan a poner reggaetón, a petición del selecto (y ebrio) grupo que ahora quedamos. Para que después los mesoneros recojan las mesas haciéndonos saber que el alquiler del local caducó, y que «hay que arreglarlo para mañana» porque es el restaurant del hotel. Así que, también apagan la música y recogen los equipos. Y el desconsuelo termina dando paso al sueño, y en algunos casos, a las ganas de vomitar.

Pero al final, todo el teatro parece haber tenido algún sentido porque, en la Iglesia, cuando leyeron lo que el cura les pone a leer a todos los novios, los mismos discursos pre-listos (como los tequeños), ella (la novia) lo miraba a él (el novio) como si de verdad sintiera lo que decía, aunque lo hubiese escrito otra persona lejana en algún lugar y tiempo ya lejanos. Porque durante la fiesta, en un punto en que la pista estaba totalmente vacía, ellos se pararon a bailar la canción (bastante tropicaliente, por cierto) que sonaba en el celular de ella cuando él la llamaba (probablemente la misma que sonaba en el celular de él, en el caso contrario). Porque cuando la novia entró a la Iglesia, sea por emoción o por nervios, se le notaban las ganas de llorar y sólo se tranquilizó cuando, al llegar al altar, tomo la mano de su esposo. Por eso, al final, y especialmente para los homenajeados, todo el ritual repetido vale la pena ser vivido no sólo por las fotos, el alcohol, la retribución económica, la comida gratis (gratis para ellos y para quienes no llevamos regalo, como yo), y el reggaetón. {imágenes de SergioLaboriel y misspaq}


18 sept 2008

es verdad...


Porque la vida de suyo es breve, es verdad que hay que aprovechar la brevedad de los momentos, vivir las cosas pequeñas como que fueran grandes, porque en suma, lo son. Disfrutar del viento y que te mueva el cabello, de las comiquitas para niños, de las series que te hacen reír. Del dolor. De las rosas no, las rosas pasaron de moda. De la playa y del sol si, y de la arena aunque se pegue de la piel, y de las películas, de la música. De bailar, aunque te dé pena. Del alcohol. De las experiencias repetidas, de los clises, y de la gente. Vivir cada cosa porque cada cosa tiene su sabor, y al final, sólo habrán vivido realmente los que hayan sabido elegir entre todos los sabores sólo los mejores, los que hayan probado más, pero también los que hayan sabido probar, los que se hayan equivocado al probar, y hayan sabido cuando dejar de probar, cuando no conviene volver a viejos sabores con gustos repugnantes, ya probados, aunque la textura sea agradable.

Claro que, igual al final, todo depende de la subjetividad de quien lo mira. La relatividad acaba con todo y uno termina no sabiendo nada, no estando seguro ni de uno mismo. {fotos: ~Xascola}

2 sept 2008

sere yo o los otros


«A propósito del urbe especial de moda y el artículo de Original It Boy» hace algunas semanas envíe a ese semanario, vía e-mail, el artículo sobre la moda en Venezuela y los supuestos expertos en modas que tenemos en el país, antes publicado aquí. Dicho artículo fue incluido esta semana en la sección de «desahogo» bajo el titulo de OPINIÓN RAZONADA (i, ii, y iii); y Lizandro (uno de los dos editores) respondió lo siguiente:

Deberías ser alcalde de tu comunidad. Eres un hombre de palabras respingadas y buen talante. Yo siempre mando a hacer mi ropa en Singapur. Allá la gente cosa muy bien y me hacen unos sombreros y suéteres de lana de muerte. Cuando no puedo hacerlo voy donde mi amigo Giovanni Scutaro y le digo que sus diseños no me gustan. No me compro nada y después me tomo un jugo de piña. Es que chico, la moda así de alta costura es un tema que hay que discutir bajo una mata de mango, así recostado en un chinchorro. Yo recuerdo también que un día cuando estaba recostado en un sembradío de jojoto me vino la idea de tener un saco de pelos de jojoto, cocido a mano por un artesano de Barlovento.

Seguido de una «Nota de Andreina» que decía:

¿Lizando tienes temiga? No me fijé. ¿Eso se pega?

A veces siento que hay un problema en mí; pero sólo a veces, cuando intento darle el beneficio de la duda a algunos medios y a algunas personas. Es que, será que cuando yo leía Urbe con cierta (no mucha) regularidad era de la misma calidad de ahorita, pero yo crecí y deje de entender los chistes. Será que de verdad me daban risas las cosas que decían o será que la risa (si la había y cuando la había) era condicionada. Será que soy yo o son ellos. Será que cuando yo era chiquito cualquier cosa (Urbe y Mtv incluidos) me parecía contracultural y revolucionario. Será que me hice más exigente o será que de un tiempo para acá en ese semanario contratan a la gente más por la ropa que tiene en el closet y por el estilacho que destilan al caminar que por las ideas que tienen que aportar y las cosas en general que tienen en el cerebro. Será que me creo más que los demás o será que de verdad Urbe ahorita da lástima. Lástima por una lista de cosas demasiado larga para ponerme a detallarla aquí.

Yo personalmente deje de interesarme por Urbe (no diré que lo deje de comprar, porque casi nunca lo hacía) en el momento en que todas sus portadas (y cuando se dice todas, es todas) tenían obligatoriamente una mujer semidesnudas en ellas. Y es que, si el sexo vende, ese cambio sólo podía significar, según mi humilde opinión, una medida desesperada para no decaer y seguir siendo un consumible habitual. Pero mi negativa a recurrir a él no tiene nada que ver con mi orientación sexual, simplemente no me interesan las publicaciones que, en general, venden cuerpo desnudos (de mujeres y/o de hombres), porque si se trata de querer pornografía para eso tengo internet.

Así también deje de interesarme por Mtv cuando comenzaron a pasar comiquitas en vez de videos y un animador de Nickelodeon pasó a animar los 10 más pedidos. El cambio, en el fondo, es el mismo: ponerle en frente a la gente algo fácilmente digerible (ya digerido). Cambiar el target: de una juventud “rebelde”, lejana reminiscencia de tiempos casi revolucionarios, a niños inquietos pero moldeables, herederos de un consumismo casi inerte.

En fin, insisto, seré yo que estoy mal, que de un tiempo para acá no entiendo nada, o que nunca lo entendí pero me hacía el elocuente, o más bien será que el mundo se está acabando de adentro hacia afuera y no nos estamos dando cuenta o a la mayoría no le importa porque están demasiado metidos en el proyecto de implosión.

29 ago 2008

blogs, bloggers; y la era del vacío


«…cuanto mayores son los medios de expresión, menos cosas se tienen por decir, cuanto más se solicita la subjetividad, más anónimo y vació es el efecto. Paradoja reforzada aún más por el hecho de que nadie en el fondo está interesado por esa profusión de expresión, con una excepción importante: el emisor o el propio creador. Eso es precisamente el narcisismo, la expresión gratuita, la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, la indiferencia por los contenidos, la reabsorción lúdica del sentido, la comunicación sin objetivo ni público, el emisor convertido en el principal receptor.»


G. Lipovetsky
en La era del vacío

{*No pude evitar que la palabra blog
viniera a mi cabecita.}

23 ago 2008

enemigos de palabra (o lo que realmente decimos cuando decimos lo que decimos)

Cierta señora, reciamente opositora del gobierno de Chávez y fan incondicional de Globovisión, suele pronunciar palabras del tipo «marico de mierda», «parguete», etc. cada vez que su presidente (o, también, alguno de sus ministros) aparece en televisión, intercalando la retahíla de adjetivos con otros, más suaves a su parecer, del tipo «maldito», «pendejo», etc. Para ella todos esos «atributos» caben en el mismo saco: todos son insultos que sirven, evidentemente, para insultar al ser que odia por ser culpable, según ella, de todo lo malo que pasa, ha pasado y pase en nuestro país.

I. La connotación homofóbica es clara: las palabras que se utilizan para ofender son las mismas palabras con la que se denota (si bien de forma peyorativa) una condición sexual y social especifica: la homosexualidad de un hombre. Se transfiere esta característica que se considera (a veces inconscientemente y de forma condicionada por el contexto) deplorable, fea, despreciable e indeseable al varón que se quiere humillar y degradar. En última instancia, esta señora probablemente tenga un poquito de consciencia al menos de lo que está diciendo y de lo que hay detrás de lo que está diciendo, ya que la homofobia no es algo que en nuestra sociedad sea motivo de vergüenza o autoengaños.


II. Sin embargo, hay algo más importante que seguro no sabe esta señora, algo mucho más profundo. Y es que, al decirle a un hombre, para insultarlo, «marico», no sólo está diciendo que ser homosexual es malo y que por eso es un insulto ser homosexual. La degradación de la condición homosexual masculina se constituye sobre la base patriarcal de la dicotomía entre los géneros: femenino y masculino, en donde la masculinidad ocupa una posición de superioridad ante lo femenino. En tal sentido, esta degradación del ser homosexual se funda pues, en la «asimilación» (como dice Connel) del varón desviado con la feminidad (ojo: tal asociación de la homosexualidad con lo femenino no implica que todo homosexual sea afeminado, al contrario, está asociación es una representación social arbitraria de la homosexualidad como feminización del hombre). Resumiendo, la homosexualidad es un insulto porque ser homosexual es algo despreciable. Ser homosexual es algo despreciable en tanto se acerca al ser mujer. Conclusión, ser mujer es despreciable, por eso los hombres, como seres superiores, deben construir su identidad en oposición férrea con la identidad de ellas.

III. Finalmente, esta señora se convierte en victima en dos sentidos: primero, es víctima de un orden que la subordina y menosprecia; y segundo, es víctima de su desconocimiento e ignorancia, lo mismo que la hace, además, participe activa de su propia sumisión ante el marido, el papá e, incluso, el hijo.

PD.: Así como hay gente (delgada y esbelta) que confiesa que el ver pasar junto a ellos a alguien gordo le da una ligera (¿o suprema?) sensación de superioridad, yo debo confesar (no puedo evitarlo) que saber eso que la señora ignora me da ciertos aires de grandeza. {imagenes de misspaq}


15 ago 2008

la efímera distinción que modela


Ellos en realidad eran un grupito de niños ricos que no se resignaban a aceptar su condición de privilegiados. Y como la mayoría eran gays, no les costaba demasiado desencajar en una sociedad que es ultraconservadora más por hipocresía que por convicción. La rebelión no es una decisión, cuando besarte con la persona que crees amar es un acto de heroísmo revolucionario. El rebelarse, en el caso de ellos, era algo inherente al ser. Claro que siempre (más allá de las fronteras del grupito) estaban los que decidían simplemente no ser, que es, al final, callar, basarse (y pasarse) la vida en un ininterrumpible asentir desganado y mimético, triste. Ellos no callaban, no importaba si tenían o no algo que decir. La playa, el sol, los cuerpos delgados sobre la arena y la marihuana, el alcohol: todos eran motivos para hablar y sonreír, para escupirle el rostro a los que no estuvieran de acuerdo. Se podía ser feliz estando al margen, más feliz que estando adentro, el único problema de marginarse conscientemente, siendo el hijo predilecto de unos burgueses millonarios, es que siempre hay que caer en cuenta que se está por encima de mucha gente, de que se tiene el poder para pasar, cual ser alado, flotando por las cabezas de los que no tienen lo que tienes tu por el simple hecho de no haber nacido en la familia en que naciste tú. Por eso no les quedaba más remedio que asumir con indiferente resignación (y con una sobrada, pero implícita, felicidad superflua) que su playa no era la misma playa que la del vulgo corriente, que su sol no era el mismo sol que le achicharraba los pelos al niño que vendía empanadas junto a ellos, que incluso su marihuana no era el mismo monte que fumaban en los barrios de Caracas. Por eso a Rodolfo no le quedó más remedio tampoco que asumir con buena voluntad que su vuelo hacia Europa salía en dos días, quisiera o no; que los castigos que le imponían sus padres no eran castigos ni para el más imbécil de los hijos reales de algún noble inglés; que sus malos ratos siempre se ahogaban en cerveza importada o en la espuma de alguna champaña, exquisita por lo inaccesible (y no al revés, como podría suponerse). Sus padres le habían comprado un boleto de avión sin retorno, si, luego de haberle descubierto inhalando un extraño polvito blanco. Entonces lograron entender muchas cosas. Por eso los ojos casi permanentemente rojos y vidriosos; por eso (Rodol)Fito dormía más de la cuenta siempre que fuese de día. Rodolfo sólo cumplió, pese a la apatía que le dejaba el trasnocho, con entregar su orine en esos recipientes cilíndricos de plástico y tapita de color. La misma apatía de cuando arremetieron contra él, papelito de los resultados en mano, sus siempre impecables padres; Rodolfo pensó en justificarse, decirles que necesitaba drogarse para pensar mejor, que sólo así fluían sus ideas adecuadamente, que la inteligencia se le agudizaba y las palabras le brotaban de las yemas de los dedos y se pasaban directamente al teclado, que era una herramienta para fines superiores incomprensibles para cualquier mortal (limpio), que la belleza a la que le daba acceso no era normal. Pero no dijo nada, aceptó resignado algunos gritos de la madre, la decepción del padre, algunas lágrimas de ambos. Todo en silencio. Aceptó un boleto de avión sin regreso y alejarse de todo, y volver solo cuando pudiera mantenerse limpio y fuese un muchachito de bien; prometió cambiar como había prometido alguna vez dejar de ser gay a cambio de un carro que a las semanas chocó contra alguna pared grafitada. Aceptó resignado la desgracia de saberse vacío, la insuficiencia de los carros, de los apartamentos regados por el mundo, de la plata y de la casa inmensa heredada, de las mismas drogas y del colchón de cualquier hotel, usado por él hasta el hastío con cuerpos diferentes en momento diferentes y al mismo tiempo. Aceptó dejarse llevar por los aires hacía un destino siempre conocido, ser recibido por los brazos de algún familiar lejano, irse huyendo de la casa de aquel y terminar muerto, sin un zapato, tirado sobre el alquitrán de alguna ciudad europea. Porque hasta en la muerte la distinción era inmensa, y el suelo del malandro baleado no es el mismo suelo del niño intoxicado que fue enviado por sus padres a Europa con la falsa pretensión (que oculta siempre la flojera de hacerse cargo de sus propios problemas aquí y ahora) de alejarlo de todo lo malo que lo estaba corrompiendo, siendo (y sabiendo) que todo eso malo lo llevaba el mismo muchacho por dentro. Lástima para él, y especialmente para sus padres (aunque, a dios gracias, se pudieron ahorrar el bochorno e inventar excusas creíbles amen de la distancia) que al final, aunque en su causa y desarrollo sea distinta, la muerte en su efecto siempre es igual, sea aquí o sea allá. {foto de artilaria}

12 ago 2008

lo viejo, lo nuevo y lo que aún no existe

Hace unos días tomé la decisión de eliminar definitivamente los archivos de mis antiguos blogs, pero después de leer algunos post, decidí no hacerlo. La cuestión es que cuando uno tiene la posibilidad de ver hacía atrás se da cuenta de lo paradójica que es la vida, de cómo cambian las cosas (de cómo otras cosas permanecen igual) y, en este caso particular, de cómo comparativamente logra uno refinar las ideas a transmitir y los medios para hacerlo. Veamos, por ejemplo:

I

24/11/03… “Ya lo he decido, es definitivo (¿?) voy a seguir en la carrera de Sociología. [..]”

Entrar en sociología fue algo así como un evento fortuito en mi vida. Estudiaba informática (por razones que no vienen al caso, pero baste decir que no tenían nada que ver con eso que llaman vocación; ni siquiera, una mínima inclinación) y, en vista de que ya tenía un cero en mi record académico, otras materias por debajo de cinco en una escala de diez y una frustrante sensación de estar en algo que no tenía nada que ver conmigo ni con lo que yo quería para mí, decidí cambiarme a castellano y literatura. Por cosas de la vida, los cambios para esa carrera estaban suspendidos, así que me termine cambiando para sociología, y al final, la termine amando. Ese post lo escribí hace casi cinco años, lo que quiere decir que debería estar graduándome este año. Pero problemas a consecuencia del cambio de carrera y otras cosas ajenas a mi voluntad (problema en la universidad, por ejemplo) hacen que todo sea un poco mas tardado. Aún así espero graduarme, como máximo, el año que viene.

II

15/01/04… “Yo quiero ser como Horacio Oliveira cuando sea grande, y tener un amigo como Manolo Traveler, vivir en París y saber de Descartes lo mismo que de kibbutz, del materialismo histórico y de Heráclito. [..]”

Acababa de leer Rayuela (de Cortázar) o estaba leyéndolo aún. Ame a Oliveira. Aún lo amo un poquito. Esto aún sigue en píe.

III

21/01/04… “Yo creo que el mayor problema de todos mis problemas y defectos es la inseguridad, y no puedo hacer nada (en realidad si puedo, pero es difícil cambiar, y esos libritos de autoayuda en realidad no hacen los milagros que prometen). [..] es que lo que más me aterra es que la gente se entere, de hecho, no soy amanerado ni me gusta serlo, pero cuando alguien, por X razón, insinúa que yo soy gay, eso me afecta demasiado. [..]”

Sigo siendo inseguro, un poco menos que antes, pero ese sigue siendo un problema por resolver en mí, pero finalmente asumí feliz que soy molecularmente gay, las puestas en duda de mi recta masculinidad ya no me afectan como antes y si parezco o no amanerado ni siquiera es algo que suelo plantearme. Soy hasta un gay orgulloso de lo que soy (pero gay no es lo único que soy), y a pesar de que aún ni siquiera toqué el tema con mis padrecitos, estoy seguro de que ellos en lo más profundo de sus almas lo saben y lo aceptan, y, en realidad, el resto del mundo no me importa demasiado.

IV

19/03/07… “Yo no soy muy dado a hablar por teléfono, ni a hablar demasiado por MSN. Por eso, no me veo a mi mismo en una relación a distancia, y las relaciones "en línea" simplemente me parecen estúpidas.”

Cosas que uno sabe desde chiquito que no lleva a la práctica cuando grande.

V

Síntesis-conclusión-y-moraleja: Cuando sea (más) grande seré como Oliviera: un tipo nómada, apátrida e indiferente que vive en Francia; pero gay orgulloso y seguro de sí mismo, sociólogo certificado, activista por los derechos de las minorías sexuales (o las multitudes queer), que no tiene relaciones a distancia porque sabe (por especulación y por experiencia) que siempre son causas perdidas.