17 jul. 2008

juzgar como medida de caución o la inevitabilidad de los prejuicios

En el cibermundo, cuando alguien va a estudiar posibles prospectos de pareja de verdad, creo yo que hay ciertas consideraciones que deben ser tomadas en cuenta, de entrada, a priori, no importa si me tachan de prejuicioso.

Por ejemplo, si entras al perfil de alguien que tiene tantos colores y tantas letras, y tantas fotos, pero tantas tantas tantas cosas que te dan hasta mareos y ganas de vomitar: (1) no esperes encontrarte en persona con un ser menos apabullante que su perfil, probablemente sea de esa gente que habla mucho y dice poco, y generalmente logra aturdir; (2) existe una buena posibilidad de que la persona sea bastante egocéntrica (más aún si las millones de fotos en su perfil son de ella en todas las posiciones y versiones posible), es probable que le guste mucho llamar la atención y, mejor aún, ser El centro de la atención; y (3) cabe la posibilidad de que la persona no tenga vida más allá de su MySpace, Hi5, o cualquiera otra de estas “herramientas sociales”, no sólo por la ardua elaboración que su perfil le debió costar, sino además por su empeño en atraer visitas al mismo a través de vistosísimos diseños estrafalariamente chillones (aunque esto, más que implicar una devoción al ciberespacio o una verdadera ausencia de “vida real”, implica en la mayoría de los casos, una devoción a sí mismo que ha conseguido el lugar ideal para erigir su (ciber)altar).

Ahora, si pasamos por alto el vomitivo diseño (o quizá no lo era tanto, o no lo era en absoluto) logramos llegar al contenido. Es necesario leer entre líneas, más importante que lo que dicen las personas para describirse es a veces la descripción en sí misma y lo que está más atrás. Así que, nos conseguimos con este niño tan lindo de unos 26 años, que apunta en sus libros favoritos lo siguiente: “no leo”. Ok, aquí no hay mucho que decir. Simplemente, no esperemos que alguien que en más de dos décadas de vida no ha leído un libro, sea un erudito ni mucho menos. Pero continuamos, película favorita: “scary movie 1, 2, 3, 4, 5, 6”. Bien, no tengo nada en contra de estas película (¡mentira!, si tengo, me parecen muy estúpidas y que no deberían gastar dinero haciéndolas) pero de millones y millones de cintas que salen cada año, cada mes, de entre todas ellas, no se puede esperar mucha brillantez intelectual de alguien que elija “scary movie” como su FAVORITA. Luego, intereses: “playa, rumba, carros”. De “no mucha brillantez intelectual” bajamos varios peldaños. No esperes que está persona pueda mantener una conversación interesante por más de cinco minutos: o se duerme o se va o simplemente se queda callado soñando con un lugar mágico y lejano donde no tiene que escucharte hablar. Finalmente, si en cita favorita, el niño contesta: “en Nueva York o en París”, sólo puedes reírte y esperar lo peor, sin mencionar el hecho de que probablemente sea el típico wannabe que nunca ha ido ni a París ni a Nueva York pero le parece que son el cielo en la tierra y the chicland, porque así son en la tv.

Pero no sigo porque sería un post muy muy largo, y no hablemos de las combinaciones posibles, o de casos particulares, porque pasaríamos toda una vida. Sólo diré, si todo lo anterior lo consigues en el mismo perfil, deberías correr muy duro o con mucha rapidez, o por lo menos, eso haría yo; pero, al final, como todo el mundo es distinto, en algún lado siempre habrá una pareja para cada oveja, y que bien por ellos... que todos tenemos ese derecho ¿no?

12 jul. 2008

de las taxonomías ii: otros colores, otros poderes

Las clasificaciones sociales (binarias o no) se llevan inscritas en los cuerpos: cuerpos sexuados, cuerpos decorados, cuerpos manipulados. A partir de los cuerpos se definen las categorías. (A partir, por ejemplo, [volvamos atrás] de la presencia o no de cierto órgano entre las piernas, los seres humanos entramos en el juego dicotómico de ser hombre o ser mujer.) Pero más allá de las taxonomías excluyentes de dos únicas categorías, aquellas institucionalizadas y que se legitiman a través de la práctica social cotidiana, está la otra forma de taxonomizar el (nuestro) mundo y la gente que en él co-existe: las clasificaciones biologicista. O sea, aquella en donde entran en juego más de dos categorías, lo que hace que estas clasificaciones sean mucho más complejas, así como más dinámicas y más frágiles porque deben (y así pasa) reactualizarse con el transcurrir del tiempo, y en cada contexto particular. Entonces, así como las taxonomias binarias dividen el mundo en dos grandes grupos opuestos; dentro de dichos grupos, insertos en las relaciones entre los individuos y sus percepciones de los otros (y de los nuestros), se configuran categorías que nos sirven para simplificarnos la tarea de ahondar en lo que es cada quien como individuo. Como las etiquetas que cuelgan de un cordoncito de los fósiles en las vitrinas de los museos, son los tatuajes que, no siempre visibles, nos definen como parte de un grupo, de un clan, de una tribu, como perteneciente a un estereotipo-molde que se repite cientos de millones de veces, consciente o inconscientemente.

Una señora “especialista”, dando su opinión para un periódico equis, decía que los grupitos-tribus de niños emos servían como forjadores de identidad en las etapas adolescentes. Los emos, como los góticos, como los punks, como los tukis, como los fashionistas, como todos los demás, son una invención de una sociedad joven (o no tan joven) que no se encuentra a sí mismo y por lo tanto, no encuentra que hacer con sus vidas (aunado al provecho que de ello sacan, las tiendas que los visten y las cadenas de tv que les dicen qué escuchar). Bill Murray le dice en Lost in translation a una Scarlett Johansson perdida, que mientras más sepas quien eres, más sabrás lo que quieres y las cosas te dejaran de alterar tanto. Pues bien, eso lo queremos todos, y estos niños emo(tivos?), por ejemplo, se ponen tristes y muestran orgullosos las cicatrices en sus muñecas (o se limitan a poner caras de depresión en los centros comerciales, con sus pollinitas desrizadas dejándolos tuertos) para conseguirlo. El entrar en un molde, en una categoría dentro de la grandes taxonomías policromáticas, nos permite sentir que somos parte de algo mayor, de algo que tiene sentido por el mero hecho de existir. Entonces nos decoramos, nos tatuamos, nos ataviamos, nos operamos, nos ejercitamos, nos trasvestimos, nos maquillamos, y de esa forma entramos, queriéndolo o sin querer, en algún molde a través de la performatividad de nuestros cuerpos, que conlleva, claro, todo un estilo de ser y de vivir. Y de esa forma, a veces también nos excluímos, nos marginamos, pero que todo es parte del mismo juego.

Remitamonos, finalmente, al tema con que concluye el post anterior: el mundo escindido (no por obra y gracia del espíritu santo) en homosexuales y heterosexuales no termina su ramificación ahí. Como un pulpo, cada tentáculo tiene su nombre, a cada parte le corresponde un poquito más o un poquito menos de luz. Porque el problema de las taxonomías (dicromáticas o multicolores), y es este el meollo de todo el asunto, es que se te incrustan en los sesos sin preguntar y sin avisar, lo que hace de la tarea escapatoria una misión casi imposible. Así, caen en el juego de separar y oponer hasta los que tienen la partida perdida antes de empezar a jugar; cuando al gay aquel, tan pintoresco él, le parece un absurdo la cuestión de la bisexualidad (porque se es gay o se es straight), tanto como le parece al macho vernáculo (porque se es macho o se es mariquito), ambos están dividiendo el mundo en dos categorías exclusivas, en dos cuartos separados: uno con vatios y vatios de iluminación y el otro en la penumbra total. Por eso, al final, las taxonomías multicolores, por más que encierren, siempre tienen la posibilidad escondida de liberar, de distribuir la luz entre más espacios contiguos, porque en el fondo siempre ocultan ansias de diferenciar y hambre de diversidad que, por muy estereotipantes que sean, logran darle nombre e identidad a las especies grises que se quedan fuera de las taxonomías dicromáticas y sus categorías hegemónicas.

9 jul. 2008

de las taxonomías i: el blanco y el negro

Es claro que todos (o la mayoría) de los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a relativizar las cosas y simplificarlas a través de las clasificaciones. Somos adeptos irrenunciables a la taxonomización de la vida, de la gente, de la realidad y del mundo. Por una parte, están esas clasificaciones donde caben muchos conceptos y categorías y cada quien tiene su etiqueta, muy al estilo de las ciencias naturales, dividimos el mundo en reinos, especies, familias, razas, etc. [esta queda pendiente para el próximo post]; mientras que hay otra forma de clasificación que ocupa un lugar privilegiado en la sociedad, siendo las verdaderamente determinantes al momento de ordenar el mundo: las taxonomías binarias. Estas son, dos elementos generalmente contrapuestos que, como el blanco y el negro, se excluyen y se encuentran en polos opuestos de un todo imaginario. Estas clasificaciones resultan las más simples (sólo dos elementos se encuentran en juego) a la vez que las más peligrosas. Generalmente, son las que se encuentran institucionalizadas y legitimadas más fuertemente dentro de los grupos sociales, y su peligro radica en que, al ser dos y sólo dos elementos, implican siempre dos significados distintos que la sociedad suele equiparar con la gran dicotomia dentro de cualquier cultura: lo bueno y lo malo, el yin y el yan. La trampa está en que, al ser dos y sólo dos, lo que entra en uno, necesariamente le falta al otro, son exclusivos y excluyentes en la medida que el blanco acapara toda la luz y el negro se queda con la oscuridad plena. Las clasificaciones binarias no saben de grises y ese detalle es determinante a la hora de repartir poderes.

Supongamos que nacemos en una sociedad plagada de clasificaciones binarias (y despertamos y vemos que no es una hipótesis, es nuestra realidad diaria). Al nacer un señor graduado de médico te tomara por los piecitos y te examinara rápidamente después de haberte sacado del cuerpo de tu madre. En ese momento te insertan en el sistema taxonómico, sin preguntarte si quiera: la presencia de cierto genital entre tus piernas determinara si eres niño o niña, lo cual significa que mañana serás hombre o mujer. Si eres hombre, te casaras con una buena mujer; si eres mujer te casaras con un buen hombre. La categoría hombre te confiere de ciertas prerrogativas, digamos que tienes derecho, por ejemplo, a reaccionar violentamente ante ciertas situaciones, porque los hombres (es decir, los que tienen pene) pueden hacer eso, el detalle está en que, de acuerdo a cada caso particular, estos privilegios pueden convertirse en deberes y de deberes a imposiciones solo hay un paso. Si eres hombre no sólo tienes el derecho de reaccionar violentamente, sino que es lo que se espera de ti, es decir, si no lo haces defraudaras a gran parte de tu entorno social, lo cual podría (y casi siempre es así) traducirse en represalias varias, como son el rechazo, la humillación, etc. Y, como dije, ese es solo un ejemplo. Ahora digamos que eres hembrita (porque el señor doctor no encontró ningún pene entre tus piernitas) pues tienes derecho, por ejemplo, a quedarte en tu casa poniéndote bella y poniendo bella a tu casa (y poniendo bellos a tus hijos, si los hay [y debe haberlos, por regla general]). Es tu derecho natural por pertenecer a ese grupo de la humanidad. El detalle nuevamente está cuando tu, siendo mujercita, no quieres ir a la peluquería y quieres salir a construir casas. En ese instante el derecho deja de serlo y se convierte en obligación. Así pues, los engranajes de la taxonomía binaria encajan perfectamente: lo que es femenino, por definición, es distinto de lo que es masculino. Son categorías excluyentes, como el blanco y el negro, como el cielo y la tierra. Pero esta diametral separación conduce finalmente a un punto de confluencia: es bien sabido que los polos siempre se atraen, de lo cual se deduce, y se impone como verdad absoluta, una suerte de complementariedad entre las categorías en juego.

Ahora, contra todo pronostico, digamos que el soldadito de plomo no quiere casarse con la bailarina de ballet, sino con el sargento de su batallón, también de plomo. La complementariedad “natural”, es decir, hetero(nótese: hetero=distinto, categorías distintas y opuestas dentro del esquema taxonómico)-sexual, se ve corrompida por el pecado de la homo(nótese: homo=iguales ¿iguales en qué sentido? Iguales en tanto categoría de esta clasificación binaria)-sexualidad. El soldadito de plomo entonces será llamado mariquito al andar acostándose con su señor sargento, porque hay que darle nombre a esas cosas que hacen ellos en la intimidad de sus bunkers de plomo porque sino tienen su nombre bien puesto entonces ¿cómo podríamos diferenciarlo de lo bueno y de lo decente? Se hace necesario pues, una nueva clasificación de este tipo: o se es straight o se es gay. Así, se imponen nuevas fronteras, separando lo bueno de lo malo, lo normal de lo patológico.

Las taxonomías binarias funcionan así: separan y oponen, arrojando luz a una parte y oscureciendo a la otra. Imponiendo las pautas que cada lado debe seguir, dejan el poder exclusivamente de un lado, siendo que las reglas del juego en sí mismas deciden por ti de qué lado vas a jugar.

7 jul. 2008

i'm a winner

Alguien a quien siempre siempre leo (lo que hace mucho más especial la cuestión) me ha puesto en su lista de blogs que merecen el siguiente premio:

Ahora bien, la cosa no termina ahí. Porque todo poder implica una gran responsabilidad (¿spiderman?)... Las reglas a seguir son las siguientes:

1. Se debe enlazar a la persona que me ha dado el premio:

SANDUM DUM DUM

2. Se debe citar el comentario que explica por que soy merecedor de dicho premio:

La sociología y todos los recovecos que esconde el comportamiento del espécimen gay, además de otras banalidades interesantes sobre la vida de Pablito (el autor), se antojan entretenidas y fáciles de leer, imprescindible si quieres reflexionar sin leer libros tediosos sobre el tema… ¡Tres bien!

(so cute!)

3. Se deben recomendar otros siete blogs (lo cual hare sin ningún orden en particular):

Se busca un hombre (gay): Porque además de darme el premio, se lo merece con creces. Sandum tiene una forma particular de escribir que hace que todo lo que ocurre en su vida sea digno de leerse por extraños como nosotros (que ni lo podríamos reconocer si lo vemos por la calle), haciendo de cada anécdota algo entretenido, interesante y a veces muy cómico.

Original It boy: Este blogger no es del tipo que comenta en otros blogs ni del que le importa si lo visitan o no (por lo menos eso parece), pero tiene un aire de divo fashion expert con un poquito de intelectual que hace agradable e interesante leerlo aunque no se esté de acuerdo con muchas de las cosas que escribe.

Diario de LuisGui: Es como leer una novela por partecitas, literatura echa blog. Siempre es bueno leer ideas profundas expresadas con brillantez, con extremo cuidado en cada detalle de cada post.

Simon’s Empire: Este blog, que descubrí hace poco, escrito con simplicidad y sinceridad, es de los más amenos para mi. Es cómico, interesante y muy ocurrente, siendo además, que para nada se limita a la vida de su autor: Simon obviamente tiene muchas cosas que decir y muchas ideas que contar.

DCFMB: La simplicidad del diseño está totalmente acorde con la expresividad de este ser. Si es cierto que a veces nos dice mucho en sus post, no es menos cierto que la mayoría de ellos son bastante breves y concisos, lo que no los hace para nada menos interesante. Porque, ya saben, menos es mas (el autor de este blog, además, debe saber quien dijo esto… yo no).


Ok, no soy bueno siguiendo reglas. La presión me mata. Quedo debiendo dos blogs por recomendar.

5 jul. 2008

sin nada que decir

Resumiendo los últimos días: la semana pasada fui para un congreso en Barinas; muy bien todo hasta que empecé a tener fiebre y otros malestares. Volví a Cumaná con dengue, así que me internaron durante cinco días en la clínica. No es nada agradable enfermarse a 18 horas del hogar y devolverse en el autobús de la universidad. De resto, todo bien, recuperándome y reposando mucho (hasta el hastío: ya quiero salir de la casita).