23 feb. 2008

epilogo

Yo se, al final, que dejarte ir es más que eso, es perderte, a ti y todo lo que significas. Al final, cuando todo cambia (porque todo cambia e inevitablemente también nosotros cambiamos), dejamos en el camino cosas que queremos, sin querer, perdemos lo que después más extrañaremos. Tu me conoces, sabemos que me conoces, y sabemos lo bien que yo te conozco a ti. Sabemos lo difícil que es decirnos adiós, tanto para ti como para mí. Desde el adiós que se suponía definitivo, cada despedida es como un raro ritual en el que nunca sabemos como actuar, en el que nos sentimos incómodos con esta nueva forma de alejarnos uno del otro, con esta “amistad”, que en realidad no es (solo eso) lo que tu quieres y que en realidad yo siempre supe que era imposible de mantener después de todo, pero que convenimos intentar. Decir adiós, se hace horrible por eso: es un alejamiento progresivo, y tu lo sabes y yo lo se. Después del que se suponía el adiós definitivo, cada adiós se hace tortuoso. Es esa la realidad que nos da miedo: ese adiós definitivo no existe. Nos perdemos a cada momento un poquito más y a lo que nos enfrentamos es a la imposibilidad de sacar la parte de mí que aún esta en ti y la tuya que siempre estará en mí.

17 feb. 2008

Hablando de estereotipo... otra vez

Dice Rich (1980): “El temprano adroctinamiento femenino en "amor" como emoción puede ser en gran parte un concepto occidental; pero una ideología más extendida profesa la primacía y la incontrolabilidad del impulso sexual masculino.”

Y que vigencia sigue teniendo:





13 feb. 2008

El maravilloso mundo de la homofobia, en tres actos

Continuando con una investigación que estoy haciendo para la universidad me conseguí esta conferencia de Javier Sáez sobre “Los gays y las lesbianas en los medios de comunicación”… la conclusión a la que llega el autor es clara, y certeramente evidente en la vida de cualquier mortal que, por ejemplo, tenga acceso a la televisión: los medios, más allá de toda supuesta objetividad que no tienen y nunca han tenido, transmiten y perpetúan una imagen de gays estereotipada, estigmatizada, que se encarga bien de distinguir a estos individuos de todo patrón “normal” de masculinidad, a la par que excluye de las pantallas (bueno, no en todos los casos, como veremos) toda imagen de lesbiana, es decir, las lesbianas simplemente no existen (porque, como sabemos, si no aparecen en la televisión, es porque no existen). De esta forma, se consolida un orden heterosexista y homofóbico que le va bien a la gran mayoría retrógrada y conservadora, y a sus seguidores neutralizados- idiotizados.

Pues bien, termino de leer el artículo y salgo de mi burbuja a convivir con la gente con la que comparto mi lugar de residencia, es decir, la familia. Sacramentalmente los encuentro reunidos (la hermana y la madre, porque el padre está de viaje) alrededor de la televisión: la novela de las nueve en las pantalla: un excelente drama aderezado con un toque de humor, que, maravillosamente, no pudo servir mejor de ejemplo para lo que el señor Sáez me acaba de decir:

Acto I. La homosexualidad no solo es una enfermedad, es además contagiosa.

La hija de una pareja divorciada, problemática y por demás disfuncional, resulta ser lesbiana. Eso me explica mi madre que es la que ve la novela. Pero, me dice, lo que pasa es que su amiga era lesbiana y gustaba de ella, así que tanto dio hasta que la convenció; bueno, ni siquiera la convenció [eso de seducir es para los heterosexuales, supongo, los homosexuales usan la fuerza, ni persuasión ni seducción], más bien la invito a una fiesta, prometiéndole que la iban a pasar muy bien, tal y que se yo, y ya en la fiesta la embriago [no recuerdo si le puso algo en la bebida, pero es probable: es algo que haría un pervertido homosexual en cualquier novela de las nueve; a menos de que sea el tipo ideal gay peluquero amigo de la protagonista]. Borrachita la niña, la metió en un baño y la violó. Resultado, a la niña ultrajada [aunque ni tanto, aparentemente] le gustó; así que ahora son novias. [Que horror, como de matar a esa maldita lesbiana, contagiando a la gente por ahí ¿no?]

Acto II. “No hay nada peor en el cosmos que tu hija sea lesbiana”.

Pues bien, la niña (que siempre ha sido problemático, según me cuenta mi madre) va directico a contarle a su madre, quien no la atiende porque esta ocupada con cualquier cosa en el trabajo. Se dirige a la casa del padre: “Papi, te tengo que decir algo… soy lesbiana”. Y la reacción del padre, por demás formidable, fue, primero, una risa de incredulidad, luego, el sufrimiento y el pesar del padre, el buen macho. La hija se va. Más tarde llega la noviecita del padre quien lo encuentra consternado. El hombre le pide un güisqui a su doncella recién llegada (el mismo que durante su tiempo de sufrimiento en solitario no sabemos por qué, pero no se sirvió con sus propias manitos) y le comenta su desgracia. Su cara vale más que mil palabras; pero para mejorar la escena, para que la homofobia no se quede nada más en símbolos descifrables en su rostro, llega la línea cumbre: “Tu no entiendes [a su novia], tu no tienes hijos… Tener una hija lesbiana es lo peor que a uno le puede pasar en el mundo”. Pues si, lo peorcito. Pero no, no conforme con eso, luego agrega, aclara, enfatiza: “Yo me hubiera esperado que saliera embarazada de cualquiera… cualquier cosa menos esto”… Pobre hombre ¿no? Pero su novia que parece ser un personaje más open mind, lo consuela y le explica: “Por Dios… ser lesbiana no es lo peor de este mundo… hay cosas mucho peores que eso… Por ejemplo, la bulimia que tenía antes… con esa enfermedad si se podía haber muerto”… Ciertamente, vale decir con la noviecita del tipo, la homosexualidad es una de las peores cosas, pero peores cosas que eso hay; es decir, es malo pero no tanto, es una enfermedad pero no mata.

Acto III. El lesbianismo no existe, ¡Alabado sea el Señor!

Finalmente, la niña problemática-lesbiana, una vez lejos de su padre se reúne con su noviecita (aquella que prácticamente la violo). Así pues, su amante la invita a un fin de semana para divertirse (nótese que hablan de un fin de semana, de una “escapada”, divertida, aunque no quiero pecar de paranoico, no hablan de un fin de semana romántico, porque probablemente ese sea, entre tantos, un exclusivo derecho de aquellos individuos “normales”). La niña dice que no. La noviecita se da cuenta por su actitud (ir corriendo a decirle a sus padres de su lesbianismo, negarse a estar con ella ese fin de semana, quejarse de que su padre no mostrara el interés que ella esperaba) que su más reciente amante en realidad no es lesbiana, en realidad aquella noche de sexo en medio de la embriaguez no le había gustado tanto como había dicho: en realidad era una niña problema queriendo llamar la atención. Eso y nada más. Asimismo, luego que vemos como la lesbiana violadora descubre que no es correspondida en su amor, vuelven a las pantallas el padre de la ahora no lesbiana y su noviecita. La mujer finalmente le abre los ojos al padre hundido en su sufrimiento: “Yo estoy tranquila porque yo no me creo eso… puedes estar tranquilo, no es lesbiana… cuando yo era niña y mis padres eran como ustedes, una porquería, también trate de hacer de todo por llamar la atención… pero te confieso que tu hija me gano… eso del lesbianismo… como las nuevas generaciones lo superan a uno ¿no?”. Pues si, así queda resuelto el problema (no de esta novela, de la humanidad): la homosexualidad no existe señores, nos la inventamos para llamar la atención. ¡Alabado sea el Señor!


[Nota: No se me pida que me acuerde textualmente de los diálogos y algunos otros detalles por el estilo; obviamente, los tuve que reconstruir en mi mente. La novela se llama, por cierto, Sinvergüenzas]

7 feb. 2008

La "misión" de la cultura

El otro día pasaba por la sede de Misión Cultura y, como tengo que hacer una investigación sobre las políticas culturales que se están impulsando a nivel local y estadal, decidí entrar a solicitar la información que desde hace días tenía que haber compilado pero que no había tenido tiempo de hacerlo. Dicha sede es un lugar extraño, es como una galería que adorna (o pretende hacerlo) la calle en la que se ubica dejando verse a través de un gran vidrio que la deja descubierta en parte. Y no pasa de ser eso: un adorno inútil, desperdiciado para verlo desde afuera, sin ninguna intención de mostrarte nada en sus adentros, sin ninguna intención de abrirte las puertas siquiera, sin ninguna intención de servir para algo realmente. Así que al entrar te consigues con un montón de gente sentada en medio del salón sin hacer nada más que conversar entre ellos, echarse aire con las manos y verse a las caras como si en la vida no tuviesen absolutamente ningún oficio. Para la sorpresa de uno, y para ratificar lo antes dicho, la inservible existencia del pobre sitio, las paredes que no son vistas desde afuera están totalmente desnudas. Los señores y señoras que esperan no se qué, sentados en sus sillitas plásticas en pleno lugar, te miran de repente, con una expresión que me pareció pareja entre la sorpresa y la indignación: La sensación de que has irrumpido en un sitio prohibido, de que has interrumpido la feliz vida de aquellas personas, es inevitable. Es inevitable pues sentir cierta incomodidad. Es impensable pues entrar a aquel lugar a apreciar los cuadros o cualquier objeto que allí se exponga, a menos de que la mirada inquisidora de aquellos honorables funcionarios de la gestión cultural, no te moleste en absoluto, haciendo del lugar, más aún, (ratificando nuevamente lo dicho antes) algo inservible, un desperdicio de presupuesto, espacio, etc. Pero bueno, a lo mío, yo no he venido a apreciar ningún cuadro ni nada por el estilo (y ante tal recibimiento se me quitaron las ganas de siquiera planteármelo), yo he venido a solicitar mi información:

–Buenas tardes. Disculpen –dirijo mi mirada al tipo gordo más próximo a la puerta–. Buenas –saludo de nuevo porque tengo un problema con los saludos: suelo repetirlos– soy estudiante de la UDO… vengo porque estoy haciendo una investigación sobre políticas culturales que se están llevando a cabo en la ciudad, y en el estado… Entonces a ver si me pueden facilitar una información… y eso…

El tipo al que miraba asentía con la cabeza con cierta levedad e indiferencia, mientras los otros solo me observaban, desde sus asientos, postrados ante la inercia de sus días vacíos y el odio a sus respectivos trabajos. Y mientras más hablaba yo, y como si me hubiese equivocado de lugar, sus caras se tornaban cada vez más desconcertadas, sin dar respuesta alguna.

–Eh… ¿ahorita? –algo así me respondió finalmente el señor gordo–… Bueno, ahorita no creo… sabes… es viernes en la tarde… –completo el señor gordo. Su cara de desconcierto era, como dicen, un poema. Casi incrédulo ante mi “exigencia”. Tan inexplicable era para el hombre que yo fuese a “buscar una información” precisamente en ese momento (era viernes + viernes en la tarde + viernes antes de carnaval), que logro hacerme sentir a mi, que solamente quería una información que no le quitaría a nadie más de media hora darme, como un completo loco ante mis pretensiones de acabar con la paz de esa pobre gente que solo había ido a su trabajo hoy esperando encontrar un poco de tranquilidad, holgazanería y tertulia entre camaradas compañeros y compañeras.

–Pero, por lo menos, para saber si manejan esa información, etc. –digo después yo, el loco.

–Ah, si, pero te tendrás que pasar otro día pues… El miércoles será, porque no trabajamos ni lunes ni martes… –dijo el responsable señor.

–Si, claro. No hay problema… Pero y ¿con quien podría hablar? ¿el nombre de alguien encargado o algo así?…

–Bueno, es ella… Fulanita de Tal –dijo finalmente el tipo para colmarme de felicidad, señalando a su derecha una mujer sentada en otra sillita plástica, idiotizada y sin hablar, viéndome.

Yo, tan demente, queriendo interrumpirle la tarde a aquella mujer que probablemente tenía una vida ajetreadísima y que trataba de despejarse un poquito en su trabajo. Yo tan mal nacido pretendiendo que la mujer abriera la boca y me buscará algunos papeles en sus archivos para darme una información cualquiera. Yo, maldito loco, pretendiendo que la mujer se levantara de su cómodo asiento para que yo termine (o comence) una pobre investigación para una pobre materia para ver si me termino de graduar al fin.

–Bueno, esta bien… Yo paso después entonces… ¿el miércoles? ¿en la tarde? –dije yo al final.

–Nooo. No, abrimos en la mañana… mejor pasa en la mañana –dijeron casi al unísono.

Si, es que en la tarde da flojerita trabajar, supongo.

–[Pues] Gracias –ya para despedirse uno, agradeciendo la ineficiencia en la vida–… Chao pues.

2 feb. 2008

La vulgarización de las experiencias

Desde que las cámaras digitales existen, con sus respectivas memorias inagotables, las fotos ya no son lo que era antes: uno se pone a ver las de hace cincuenta años atrás y eran totalmente diferentes: la iluminación, las poses de los personajes, todo era distinto. Como si antes las fotos hubiesen sido casi un fin en si mismo y ahora… no se bien que serán. Mi hermana, por ejemplo, toma millones de fotos (de ella, de sus amigos, del perro, del carro, de la casa) y a veces ni siquiera las llega a pasar a la PC. Se satisface solo con verlas en la pantallita de la propia cámara.

Ya las fotos no están en los álbumes familiares, junto a los libros en la biblioteca, no son recuerdos compilados, son más bien (millones de) datos almacenados en el disco duro, que no alcanzaría un día entero para ver completos. Es la cuestión de la masificación que termina por derrumbar el misticismo que cualquier cosa pueda tener (con todo lo malo y lo bueno que ello implica). El paso de la democratización a la masificación y finalmente el salto hasta la vulgarización, del arte, de todo. El tener acceso a los medios, el ser participe de la producción se degenera en estos tiempos, en la producción masiva para y por todos por igual. La producción en masa para la gran masa.

Alguna vez leí que alguien decía que ya los megalómanos no existen (o son pocos), ahora, en reemplazo de aquellos, existen discos duros con capacidades casi infinitas de almacenamiento. Ya la gente no ama esta o aquella pieza musical en particular, sino que cada vez más la música se ha democratizado y masificado tanto, que todos podemos tener toda la música que queramos aunque no tengamos el tiempo suficiente para escucharla.

Ya en otro momento hable acerca de lo que, en mi opinión, es una virtud que ningún medio como el Internet tiene: la democracia participativa deja de ser pura retórica y se hace efectiva a través de los ductos de la gran red. Sin embargo, esa democratización se ha degenerado y degenera cada vez más en la vieja cultura del tener más, por la simple satisfacción de tener y nada más.